Microrelato

Estimado Usuario

Lamentamos comunicarle que desde la empresa no podemos responder a sus preguntas. De igual manera, le informamos que efectivamente, sabemos donde quedan las partes íntimas de la señora Bernarda.

A título personal, y como persona explotada por la empresa desde hace meses, no puedo más que solidarizarme con usted y sus problemas para darse de baja de nuestra compañía. Su carta ha despertado en mi una honda fraternidad y, si me lo permite, también he de comentar que me ha encantado su email, con un inicio irónico, aunque algo impostado. Lo cierto es que recibimos esos descalificativos por parte de decenas de personas todos los días, con desigual ingenio.

Luego la cosa ha mejorado cuando ha abandonado sus ínfulas de tertuliano televiso cabreado y ha dado paso a un sincero arrebato político-emocional que me ha dejado descolocada. Mi risa se ha escuchado en toda la oficina. Veo bastante influencia por el cine de Hal Harley en su estrambótica crónica. Es entonces cuando ha llegado la parte final, centrado en sus vivencias personales y sus penurias amorosas. Ha rematado con una vuelta al inicio, recuperando una a priori observación intrascendental del primer párrafo, que ha acabado por dar significado al texto y elevado el conjunto a cotas memorables.

He terminado llorando. Nunca había recibido una carta como la suya. Me siento totalmente identificada con usted. Sólo puedo alentarle en sus planes de venganza y de paso, proponerle participar en los mismos. Llegado a este punto no sé si lo de la escopeta de caza de su tío es verdad o no, pero desde luego me parece mejor plan que el veneno.

Pero he de ser sincera con usted. A parte de compartir sus inquietudes en cuanto a exterminar a mis jefes (la violencia siempre me pareció de cobardes, pero ha expuesto usted a las mil maravillas por qué debemos ejercerla ante la violencia “simbólica” que usted describe y de la que soy víctima a diario sin ser consciente de ello hasta ahora), su persona me ha despertado una gran curiosidad.

Voy al grano. Me encantaría tomarme un café con usted. Me encantaría charlar. Creo que es usted divertido e ingenioso. Y muy inteligente. Entendería que todo esto le resultara disparatado. Posiblemente su correo no era más que una manera de desahogarse ante una situación inverosímil que no tiene atisbo de acabar y ni siquiera ha pensado de verdad en acabar con la vida de mis jefes. Me siento estúpida al contestarle. Pero tenía que hacerlo.

Es como dice usted, nuestro problema es que nos quedamos mirando a ver quién da el primer paso y nos pasamos la vida esperando. Y marchitándonos.

Por eso le escribo.

Para tomar un café, ir al cine, matar a mis jefes o lo que usted prefiera.

Un cordial saludo y gracias por confiar en la empresa.

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Reencuentro (II)

Él no había cambiado con los años. Y el uniforme le quedaba de maravilla. La imagen era de ensoñación; ella sólo era consciente de su presencia y como en una película, el sonido y las luces habían cambiado con su llegada. Y eso a pesar del tremendo alboroto de la sirena, aunque desde dentro se amortiguaba el incesante parpadeo musical. Hablar le suponía un esfuerzo tremendo, así que simplemente se dedicaba a sonreír. Él no decía nada. Sólo la miraba de una manera que era imposible saber en que pensaba. ¿La habría perdonado? Si el reencuentro había hecho volver recuerdos que era mejor olvidar, no daba señales de ello. Estoico hasta final, pensó ella.

Todo lo demás había dejado de tener importancia. A pesar de las circunstancias, se alegraba de tenerlo enfrente.  Desde hacía años se sentía culpable. No constantemente, no todos los días ni siquiera todas las semanas. Simplemente, a veces, cruzando la calle o en el trabajo, de pronto, le venía un conato de remordimiento, que rápidamente intentaba dejar atrás, consciente de lo inútil de culparse. Pero ese sentimiento estaba ahí, y a veces sabía que había soñado con él porque se despertaba con angustia y con muy mal cuerpo. No es que recordase el sueño, pero al abrir los ojos tenía el regusto en la boca de su nombre y una sensación extraña. No eran pesadillas, pero tampoco buenos sueños. Era un goteo intermitente de ráfagas de malestar que con los años seguía estando ahí, en los oscuro del subconsciente, del alma o de donde quiera que vayan esas cosas.

Lo cierto es que se portó bastante mal con él, como todo el mundo. De hecho, ella siempre fue menos cruel que la media de las personas de su entorno. Nadie sabría explicar a ciencia cierta como empezó o porque se decidió que fuera él, pero era el objeto de las burlas de la clase desde siempre. Es cierto que sacaba mejores notas que el resto, que tenía un ojo vago y que llevaba gafas (¿para que llevar gafas si tienes un ojo vago? reían todos). Y que era un auténtico negado en educación física. Y vestía como si su madre todavía eligiera la ropa por él. Y bueno, otras cosas. Ella, como princesa del instituto, nunca le dedico mucha atención. No se metía con él, pero le encantaba reírse a su costa. Aunque bien pensando ella se reía por todo.

Un semestre compartieron pupitre (algún iluminado pensó que si ponían juntos al cerebrito de la clase y a la princesa repetidora, esta última rendiría más. Craso error). Se llevaron bien, aunque él se moría de ganas por estar con ella y su entorno, por mucho que disimulara y soliera mostrarse con el mismo semblante día tras día. A ella le daba un poco de pena. Era simpático. Feote pero simpático. Y siempre solo. Era otro mundo ajeno a ella, pero al menos la ayudaba con los deberes. Una tarde incluso fue a su clase a preparar un examen.

Cuando estaba claro que la unión estaba perjudicando al rendimiento de él en vez de mejorar el de ella, fueron separados. Él no mostró ninguna emoción entonces, pero poco después Ella recibió una declaración formal de amor en forma de carta junto con un anillo. La carta era pomposa, cursi y patética. En el cuarto de baño sus amigas y ella estuvieron riéndose nada más recibirla. Estaba claro que era virgen, fue la conclusión. La noticia se extendió por todo el curso. Él no mostró ninguna reacción al respecto, pero desde entonces estuvo incluso más solitario que de costumbre.

Fue en el viaje de fin de curso cuando todo cambió. Fueron los únicos que se quedaron. Así que estuvieron varios días solos en clase. Él jamás faltaba, y ella prefería estar en clase antes que soportar la situación familiar. Él actúo como si nada hubiera pasado entre los dos y ella encontró a alguien con quien desahogarse de todos los males que la acechaban. Él no tenía ninguna victoria que declarar a sus 17 en cuanto a chicas, y ella iba de derrota en derrota. Él era invisible la mayor parte del tiempo y ella estaba rodeada de gente a la gritaba que no era feliz en silencio. En fin, era algo que tenía que pasar. Y así sucedió en un descanso entre clase y clase.

El lunes siguiente la gente volvió del viaje del fin de curso. Había mil historias que contar y como ella no las conocía, todo el mundo se las explicaba una y otra vez. Cuando a ella le preguntaron por su estancia en clase, no dijo nada. La sorpresa fue cuando él contó lo sucedido. Todos rieron, nadie le creyó. Por una vez, él pareció hundirse. La semana siguiente fue insoportable, pero por suerte fue la última.

Ella siguió su vida normal, con sus problemas, su infelicidad y sus derrotas varias. Por eso ahora ella quería gritarle unas cuantas cosas, llorar y comenzar algo con él, aprovechar este reencuentro surgido de la nada.

Él la miró una vez más.  Miro a su alrededor. Se acerco a ella. Desde el interior de la ambulancia los movimientos resultaban antinaturales. Su uniforme de paramédico estaba manchado con la sangre de ella. Comprobó que la heridas eran graves y que todo dependía de la velocidad del vehículo. ¿En que estaría pensando para cruzar la calle de esa manera? Tenía varias fracturas ,el cuerpo totalmente inmovilizado y parte del rostro destrozado, pero aún así y a pesar de los años seguía siendo la chica más guapa de la ciudad.

Le quito la mascarilla de oxígeno y la besó. Sonrió. A continuación puso sus manos en su cara, impidiéndola respirar.

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Vocación

Bien pensado, echando la vista atrás, Carlos había dedicado toda su vida a ser guionista, escritor o dramaturgo en cada momento de su vida.

No era sólo que estuviera siempre imaginando historias. Era que siempre vivía en ellas. Su primer comic lo hizo en clase de matemáticas, a la que nunca prestó atención. El comic, o novela gráfica como le gustaba llamarla, giraba entorno a la muerte de la odiosa profesora de matemáticas. Por otro lado, en inglés se dedicaba a crear una guerra fría imaginaria con su compañero de pupitre, Ricardo, utilizando bolígrafos, sacapuntas y lapices que convertían en tanques de llamativos colores que ponían entre ellos, creando una zona de peligro y que a veces desembocaba en escaramuzas. Tuvo que ser Lidia, la chica de atrás, quien propusiera una zona de exclusión y un tratado (“El primer tratado del pupitre de atrás”) por la que las dos superpotencias se comprometían a desarmarme progresivamente e ir quitando de la zona caliente material de guerra (cuadernos, gomas y demás material bélico). Desgraciadamente, los compañeros a la izquierda de Pablo, el grupo de repetidores, no estaban dispuestos a frenar la escalada militar, y solían suministrar en secreto todo un arsenal de bolis bic mercenarios que se encontraban por el suelo. Estos bolis bic eran el terror para Ricardo, que también en secreto y como única manera de parar a estos grupos sin patria que abundaban en el aula (nadie sabía de donde procedían, aunque Lidia sospechaba que provenían del niño de la esquina del fondo que no solía hablar y que llevaba camisetas del Ché Guevara) pedía ayuda a su flanco derecho, el grupito de las chicas populares, que bajo un acuerdo le “prestaban” para uso inicialmente escolar (lo que era una muestra del cinismo de estas malvadas chicas) cartulinas y rotuladores del calibre 16. La situación se hizo tan insostenible que incluso un día apareció en la zona caliente unos misteriosos post-it. Las dos superpotencias, espoleadas por sus respectivos aliados y ante la desesperación de Lidia (amargada, pidió el cambio de pupitre y paso a situarse en primera fila junto con el chico de gafas. Años más tarde mantuvieron un romance que acabo bastante mal, lo suficiente para que el chico de gafas se negara en rotundo a devolver el material y los apuntes de historia, en lo que se llegó a conocer como “la traición del chico de gafas”) reclamaron como suyos estos post-it, y se desencadenó un infierno donde bolis, gomas, sacapuntas y los temidos trocitos de papelillos que se usaban soplando los bolic bic volaban en todas direcciones. La cosa acabó mal, con los dos chicos castigados.

Habría que especificar que la guerra no era más que un apéndice de la verdadera batalla entre los repetidores y las chicas populares. Ricardo y Carlos sólo eran peones de una partida de ajedrez mucho más grande y en ocasiones, mensajeros de correspondencia secreta entre ambos líderes (La Jenny y José, alías “El negro”).

En educación física se esforzaba al máximo imaginando que estaba en una prisión de alta seguridad. Lo que a todas luces era exagerado, era un instituto público, así que como mucho sería una cárcel de mínima seguridad; podían salir del “tuto” a la hora del recreo. En este tiempo iban a una plaza cercana a contar historias y hablar sobre el mundo. Sus amigos y él solían filosofear sobre como se desarrollarían combates a muerte entre sus personajes favoritos.

Historia era la única asignatura a la que Carlos prestaba atención. Él ya se sabía la lección de casa, pues pasaba horas y horas estudiando esa asignatura, lo que se traduce en jugar a juegos de estrategia y a leer mucho. De hecho solía saber más que la propia profesora, aunque era lo suficientemente consciente de ello como para no alardear o ponerla en aprietas, y siempre se las ingeniaba para corregirla sin exponerla.

Al final del día, en ciencias, jugaba al rol con los compañeros cercanos. Él solía ser el “master”, quien inventaba el contexto y la historia de los personajes. Ellos mismos hacían las fichas de personajes, y ante el miedo a que el profe los descubriera de nuevo, no usaban dados, si no trocitos de papel con números que cogían al azar. El propio pupitre era utilizado como mapa, creado por Ricardo con mucho esmero durante las clases de sociales.

No todo el pupitre era el mapa de las tierras olvidadas de Merkor (Carlos acaba de devorar por quinta vez todos los libros del Señor de los anillos). También inventó un método para comunicarse con la chica que asistía a la tarde en el horario nocturno del instituto. Era una especie de lo que luego se conoció como Messenger; Él escribía frases cortas en la mesa y al día siguiente había una pequeña contestación. Todo empezó cuando la chica le comunico un día que también era aficionada al rol.

Así pues, bien pensando, a nadie le extrañó que Carlos se dedicará a escribir historias al acabar la secundaria después de repetir el último curso (los nuevos compañeros no solían ser tan entusiastas en participar en las guerras de Carlos, y pasó mucho tiempo imaginándoselas en su cabeza a la vez que escribía y destruía cientos de cartas para sincerarse con la chica de intercambio que nunca supo de su existencia). Era su vocación. Lo único realmente que había hecho toda su vida.

La lástima es que acabará trabajando en un peaje de autopista. Imaginándose todas las historias de todas las personas que nunca llegaba a conocer durante breves instantes.

Sus historias eran maravillosas.

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La partida

La confusión reinaba en el andén. Pocos eran los que entraban en el vagón correcto. Afuera había nerviosas carreras de maletas hasta que sus conductores se daban cuenta de lo ridículo de la estampa y aminoraban, hasta que otra persona con maleta les pasaba rozando y volvían a ponerse nerviosos pensando que tal vez inexplicablemente el tren adelantaba la partida 10 minutos sin avisar y a traición y los dejaba a ellos y al resto de personas en tierra.  Un hombre mayor con sombrero obstruía la entrada del vagón porque intentaba bajar a su señora y las cinco maletas del tren, ya que se acaba dar cuenta que la otra puerta del vagón le acercaba más a su asiento. Dentro, alguien ayudaba a una chica a subir la pesada mochila a la zona habilitada, encima de los asientos. El problema es que ya no quedaba espacio. Otros, de pie en los pasillos, buscando con desesperación e impotencia un hueco donde meter sus cosas, impedían que el resto de las personas pudieran ocupar sus asientos. De hecho sólo una señora mayor estaba sentada ya. Era la típica señora que se confundía de vagón y echaba la culpa al joven que amablemente le indicaba que estaba en un asiento equivocado. Alguien se había dejado a una niña en tierra, que lloraba desconsolada llamando a su mamá. Por megafonía se dijo algo importante pero fue imposible escucharlo. Un señor elegante gritaba a un móvil a cerca de la política exterior rusa respecto a los aranceles panameños. A su lado, un joven con resaca miraba suplicante a su alrededor para que guardaran algo de silencio, pero era claramente un novato en esto de coger trenes de larga distancia. Eran las ocho y media de la mañana. Sólo serían 12 horas hasta llegar a Barcelona.

El tren se puso en marcha y entonces pasó algo insólito en todas las partidas del tren hasta la fecha, algo que no estaba en el guión preestablecido.

Un chica corría junto al tren, golpeando las ventanas, llamando a alguien. Era joven y tenía una misión que cumplir antes que el tren cogiera velocidad y partiera. Desde dentro la seguíamos con curiosidad. Iba decidida y llevaba unas cartulinas. Entonces cerca nuestra, situada en los asientos de la parte delantera del vagón, otra chica, que llevaba sollozando todo el tiempo sin que le prestáramos atención reconoció a la chica y se acerca a la ventana, pegando sus manos al cristal. La persona de afuera la encontró e intentó situarse a su lado, pero debía darse prisa, el tren estaba a punto de ganar velocidad.

Fue un momento muy tierno. Las dos chicas pusieron sus manos en el cristal, se miraron y sonrieron. Desde dentro aplaudimos todos, menos una señora que indicó que no le parecía muy correcto que una chica llorase por otra chica. Nadie le hizo caso, rara vez se consigue ser testigo de estos gestos de amor espontáneos.

La chica de fuera empezó a sacar cartulinas, donde declaraba que la otra chica había sido el amor de su vida. Para entonces parte del vagón ya había sacado los móviles y grabábamos la escena. Es cierto que la idea no era muy original, concretamente era sacado de una escena muy famosa de Love Actually, pero no importaba. Era bonito y encima lo teníamos grabado en el móvil.

Entonces sacó otra cartulina donde explicaba que la otra chica era una zorra y una guarra. Nos pilló desprevenidos, la verdad. Otra cartulina comentaba que no la perdonaba y que quería que supiera que antes de irse que esperaba que le fuera mal en su vida. Luego escupió al cristal, con tal puntería que si no fuera por el vidrio, le hubiera dado en la cara a su antigua pareja. Le dio tiempo incluso a sacar otra cartulina donde había una foto con la chica de dentro besando a otra persona y donde ponía que podía irse a algún sitio. No supimos que sitio, eso iba en la última cartulina y no pudo sacarla, ya que el tren decidió acabar con tan bochornosa escena y finalmente ganó velocidad.

Volvimos a nuestros asientos con calma y desilusionados. La chica estaba muerta de vergüenza y poco después se cambio de vagón.

Nos pusieron una cinta de Pixar y todos olvidamos el pequeño incidente.

No ocurrió nada más reseñable.

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Microrelato

Reencuentro

El chico y la chica que clavan sus miradas el uno sobre el otro llevaban 5 años sin verse. Ha sido una sorpresa total, para ellos y para todos.  Después de un par de minutos riendo y dejando claro su sorpresa y su alegría por el reencuentro, se ponen al día en los siguientes 38 segundos. Él; Barcelona, universidad, abandono universidad, trabajo en negro, vuelta a casa. Ella; Madrid, periodismo, decepción laboral, vuelta a casa por unos días. Luego se han quedado en silencio un momento mientras no paraban de mirarse a los ojos y mantenían la sonrisa con la boca abierta. Ella ha iniciado entonces una irónica observación insustancial que ha terminado con un toque del brazo de él. Él ha contestado con una réplica ingeniosa que nadie esperaba. Nunca han sido tan avispados como en ese momento. Alguien ha carraspeado, pero ellos o no lo han escuchado o han decidido ignorarlo. El momento era bastante bonito dentro de lo que cabe, se ha de admitir. Los dos han tenido a continuación una ráfaga de observaciones o declaraciones de intenciones bastante poco claras a cerca del pasado, los anhelos y anécdotas varias. Han hablado atropelladamente. A pesar de la experiencia de él en cuanto a mujeres y la cantidad de películas “indies” que ella ha visto a lo largo de su vida,  se enredaban, liaban e incluso en un momento él ha tartamudeado un poquito. Pero daba igual.  Eran felices.

El padre de ella ha tenido que ir a meter prisa, ya que la tía es muy mayor y no puede estar tanto tiempo de pie detrás del coche. Los dos se han despedido unas 7 veces de maneras dispares (Un beso en la mejilla, un abrazo, otro beso en la mejilla de duración más larga, me marcho, giro y vuelvo a abrazarte, te llamo desde la distancia, etc), han prometido escribirse, llamarse y quedar, han vuelto hacer gala de una ironía y retaría de frases ingeniosas por la que suspirarían todos los guionistas de Hollywood mientras inventaban excusas para poder tocarse lo máximo posible de manera natural (cada frase ingeniosa iba acompañada de un golpecito que siempre duraba unos minisegundos más de lo normal). Luego ella ha seguido al coche fúnebre de su madre y él al coche de su padre.

No han vuelto a verse.

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Cartas

Ya no me acuerdo de ti.

Para Laura.

Hola Laura. ¿Cómo estás? Sigo en Mostar. Puedo decir sin miedo a equivocarme que no he pensando en ti en ningún momento desde que llegué hace 8 meses. Vivo en un pequeño apartamento totalmente diferente al que compartíamos, en frente del río Neretva, que ni por asomo se parece al Guadalquivir. De hecho y a diferencia de Sevilla, no se puede dar esos largos paseos a su costado que solíamos hacer y que ahora apenas siguen en mi memoria.

Llevo dos semanas saliendo con una chica, Diana. No podía ser más diferente a tu persona, tanto físicamente como de inquietudes y anhelos. No hay nada en ella que pueda recordarme a ti. Aunque ya casi no pienso en ello, he de comentarte que nuestras conversaciones son diferentes, e incluso e de añadir sin ánimo de polemizar, mejores y más profundas, sobre todo cuando yo hablo en español y ella contesta en algo parecido al inglés. Ella tiene moto, cosa que viene muy bien por el tipo de calles por donde nos movemos, cosa que me ha hecho olvidar el maldito transporte público que usábamos porque ninguno de los dos tenía carnet.

Sus padres viven en otra ciudad, por lo que me resulta imposible compararlos con los tuyos, a los que ya apenas recuerdo debido a todas las cosas que me suceden  en esta bonita ciudad donde no deja de nevar desde hace semanas y nos hemos quedado aislados. Pero a un sevillano como yo el frío y la nieve le hace olvidar esos horrorosos veranos en la Alameda.

Hace tiempo que voy a clase de bosnio. La profesora está muy orgullosa de mi, dice que en un par de años podría pasar por un recién llegado. Es curioso, pero todo esto no ha conseguido que recuerde esas clases de inglés donde me parece, no estoy seguro ya, fíjate, que nos conocimos, hace un indeterminado tiempo que no logro concretar.

Poco más puedo contar. Pero llevaba tanto tiempo sin acordarme de ti que no he podido resistirme a escribirte y decirte que estoy bien, que lo pasado pasado está y que te perdono todas las cosas horribles que me hiciste pero que ya es agua pasada.

Un abrazo.

Carlos.

PD: Hace poco me escribió Pablo. Parece ser que a parte de robarme el puto alma también te has quedado con mis jodidos amigos. Podría enfadarme, pero para que te voy a engañar (no como tú, zorra), tampoco los recuerdo mucho. Besos.

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Microteatro

Hacer la revolución

Un hombre, REVOLUCIONARIO VIEJO, lee sentado en un sillón viejo una revista. Aspecto cansado y aburrido. Entra corriendo INDIGNADA, con prisa.

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INDIGNADA: (decidida)Buenos días. ¿Es aquí lo de la revolución?

REVOLUCIONARIO VIEJO: (Sin quitar sus ojos de la revista) Segunda planta a la izquierda. Pero no están. (mira el reloj) Han salido a tomar las plazas.

INDIGNADA: Es que venía a unirme a la causa (cierra el puño para demostrar sus palabras)

REVOLUCIONARIO VIEJO: (ahora la mira por primera vez. Coge una libreta y un boli) Ya…¿experiencia previa?

INDIGNADA: Licenciada en arquitectura. 3 idiomas. Trabajo mal pagado en puesto de comida rápida. Cobrando en negro en una empresa. Un año soportando las insinuaciones del sindicalista de la empresa. Dos años de camarera en Berlín…

REVOLUCIONARIO VIEJO: (cortándola) Me refería a causas y luchas.

INDIGNADA: Ah…(pensativa). Una vez hubo huelga de estudiantes en mi instituto y me quedé en casa, pero a mediodía me llamaron mis amigas y fuimos a la manifestación. Fue muy divertido e hicimos muchas fotos.

REVOLUCIONARIO VIEJO: (apuntando en la libreta) Aja…ninguna… (Pausa) ¿Motivación?

INDIGNADA: (Mirando al público) Iba esta mañana andando, comiéndome las lágrimas por como me han tratado en el trabajo hoy, habiendo cobrado menos aún de lo que me correspondía. Y después de cinco gritos mal dados a mi jefe me han puesto de patitas en la calle, porque lo que hago yo lo puede hacer cualquier otro licenciado por menos dinero. Y estaba triste. Pero furiosa también. Y quería pegar al culpable. Y he entrado en un banco para gritar y golpear a quien sea responsable. Pero la muchacha que me ha atendido dice que ella no es la culpable, que sólo hace su trabajo y que le han quitado la paga de navidad. Y he pedido ver a su jefe pero resultó ser un buen jefe, que se ha bajado el sueldo para no despedir a la muchacha que me ha atendido y que está preocupado porque su mujer está de baja. Y entonces he preguntado ahí mismo, y nadie tenía la culpa. Pero la culpa debe ser de alguien. Una señora me ha dicho que venga a aquí, que hacen la revolución y así exigir cuentas a quien haya hecho esta esto.

REVOLUCIONARIO VIEJO: (vuelve a apuntar en la libreta, habla para si mismo) Clase media que despierta de pronto y adquiere conciencia, vale…

INDIGNADA: Bueno, ¿puedo entrar para hacer lo de la revolución? He comprado unas banderas y un retrato de un viejo icono revolucionario en un Zara. (va a sacar del bolso lo comentado)

REVOLUCIONARIO VIEJO: Nada de eso será necesario. La política en cuanto a banderas e iconos revolucionarios ha cambiado.

INDIGNADA: ¿Y bien? ¿Puedo entrar?

REVOLUCIONARIO VIEJO: (la mira un rato sin decir nada) Yo no la vi cuando cerraron la casaocupada del centro. (mira al público) A vosotros tampoco, por cierto. (mira a alguien en particular, sonríe) Bueno, tú sí (levanta el pulgar en señal de aprobación, luego vuelve a ella) No estabas en la concentración delante del edificio. Tampoco la he visto en las talleres infantiles del barrio, o cuando creamos el huerto en la azotea. Y menos aún la vi delante del ayuntamiento gritando por todas esas causas pequeñas que nadie recuerda.

INDIGNADA: Bueno vale, de acuerdo. Como os ponéis a veces. Ni que hubierais estado en esto desde lo de la Bastilla. Pero vale, sí. SÍ. Lo admito. No hice una mierda. (Mira al público, se justifica). No hice una mierda, porque pensaba que no hacía falta, ¿vale?. Total, yo sola no voy a salvar el planeta (vuelve a él) Pero eso ha cambiado. Estoy con mucha furia. Pero eufórica. (le coge la mano) Incluso creo que tengo ilusión. ¿Es grave?

REVOLUCIONARIO VIEJO: Me temo que sí.

INDIGNADA: ¿Podéis ayudarme?

Revolucionario viejo: Lo siento, pero no. Es un camino que tiene que coger usted sola.

Ella se queda en silencio.

INDIGNADA: ¿Eso es todo?

REVOLUCIONARIO VIEJO: (Se encoge de hombros) Nosotros no somos hermanitas de la caridad. Usted no ha hecho nada, no tiene curriculum. No es el perfil que estamos buscando. Vuelva cuando haya hecho al menos un par de asentadas y un teatro callejero u algo así.

INDIGNADA: (Enfadada) Pues vaya mierda de revolucionarios.

REVOLUCIONARIO VIEJO: Aja, interesante observación.

INDIGNADA: ¿Sabes lo que le digo? No os necesito para nada. Yo misma haré la revolución por mi cuenta.

REVOLUCIONARIO VIEJO: Claro, seguro. Buena suerte.

INDIGNADA: Buenos días. Y que os den.

Queda en el escenario el REVOLUCIONARIO VIEJO. Aparece otro hombre.

HOMBRE: Tío, estamos muy contentos contigo. Sólo llevas dos días y estás consiguiendo mandar a un montón de gente a las calles a hacer cosas. ¿Cómo lo haces?

REVOLUCIONARIO VIEJO: Sólo necesitan que los escupan un poco. (mira al público) Eso los indigna.

Oscuro.

FIN.

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